Tsundoku enero 2018

El mes pasado batí cotos poco hollados.

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Estos dos ejemplares son de la librería del barrio, un sitio por el que no pasaba desde hace tiempo. Lo sé. Muy mal hecho. El caso es que tienen una selección de libros bastante interesante, y los dependientes son más dulces que el pastel de Candy Candy. Pero es que a mí ya no me da la vida.
Fui en busca de un ejemplar en concreto. Matilda. Ya le había echado el ojo a su sección de Roal Dahl. A mis reinas les encanta la adaptación de Danny De Vito (bueno, y a mí también; me parece una adaptación magistral), la han visto como doscientas veces, así que he decidido aprovechar esa debilidad. Ya hemos empezado a leerlo, cada día antes de acostarnos. Me enganchó desde el primer día. Concretamente en el octavo párrafo del libro, cuando el narrador califica de lerdos a los padres de Matilda. Con eso me has hecho tuyo, Roal.

Y, ya de paso, me llevé algo más. Ese ensayo sobre escritores pinta bien.

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Estos otros dos los cacé durante una escapadita a la ciudad de mis suegros. De Trapiello ya tenía yo ganas de leer algo. El tema me atrae, pero además la forma en que lo trata, entre la historia local, la historia propia del mercado y el diario íntimo, me ha terminado de convencer. Los mercadillos callejeros siempre me han atraído, aunque los que he podido encontrar en España nunca han llegado a la altura de sus homólogos europeos. El Rastro tiene un ambiente único, muy particular, que hay que entender en su contexto e historia. Trapiello es un visitante regular. Me leí el prólogo y, pardiez, qué bien escribe este hombre. Qué envidia me da.

El otro es un cómic al que ya le había echado yo el ojo. El argumento interesa.

Seguimos acumulando