Adiós, 2022

No te voy a engañar, 2022, tengo sentimientos encontrados contigo. Has sido un año duro a muchos niveles: casi cuatro meses de alquiler en un piso frío, oscuro e inhóspito; luego una mudanza agotadora que me dejó un dolor en el pie derecho durante tres meses; el acondicionamiento de nuestra nueva casa (que todavía no ha terminado), incluyendo un montaje de muebles del que he salido deslomado (literalmente: un dolor lumbar que todavía me dura); una vuelta a la oficina que me ha alterado por completo las rutinas que ya tenía establecidas; y, como guinda del pastel, un fin de año con positivo de coronavirus justo el día que salíamos para celebrar la Navidad con nuestros seres queridos, planes que hemos tenido que cancelar a última hora.

Pero, a cambio, he podido volver a ver a mis amigos Rodrigo y Miguel (si quiera brevemente), a quienes hacía años que no veía. Y, por primera vez, este año no me ha sobrevenido después esa tristeza, esa melancolía por su ausencia que siempre antes sentía. Puede ser que por fin me esté acostumbrando a esta nueva piel de padre de familia, o simplemente que el tiempo lo cura todo, como suele decirse.

Y también ha sido el año en el que el negocio de traducción especializada que arranqué hace ya tiempo ha empezado a coger inercia, con mucho esfuerzo, incertidumbre, dedicación e interés. La traducción me hace muy feliz. No solo porque sea un trabajo con el que realmente disfruto, sino porque además percibo que se valora y cada día aprendo cosas nuevas, cosas que me interesan.

Y, por supuesto, la nueva casa, o, mejor, nuestro nuevo hogar. Porque estamos adaptándolo a nosotros, a nuestro gusto, y estoy intentando convertirlo precisamente en eso: en nuestro hogar. Un lugar en el que estar a gusto, en el que poder desarrollarnos, en el que poder cultivarnos.

Toda esta actividad: mudanza, trabajo presencial, traducciones, paternidad, etc., han tenido un efecto inevitable en la escritura. Si mi producción antes ya era raquítica, este año se ha reducido al mínimo. La primera víctima ha sido el blog, por supuesto (no dejo de darle vueltas. Me gustaría hacer algo con él. Ya veremos). Pero, a cambio, han salido cuatro relatos de los que estoy muy satisfecho:

-          Allí abajo, en el n.º 20 de la revista Tártarus, que salió en enero de 2022.

-          El hijo pródigo, un relato lovecraftiano sobre Shub Niggurath de que estoy muy satisfecho, aunque no fuera seleccionado en la convocatoria. Necesitará un buen repaso, y no precisamente para recortarlo: hay partes que necesitan más desarrollo y otras que necesitan más clarificación. Hay parte de mí allí dentro.

-          La piedra gris, un relato de terror prehistórico, muy breve, que tampoco fue seleccionado, del que también estoy muy contento. Ese no creo que necesite nada más. Si acaso, me apetecería volver a ese mundo o a esos personajes.

-          La cornisa, un relato de body horror homoerótico que se me ocurrió paseando por Lekeitio durante las vacaciones de verano. El protagonista es un homosexual reprimido y un auténtico capullo, así que no creo que le guste a nadie.

Sigo luchando por terminar El viaje interior (título definitivo ¡por fin!), un largo relato weird sobre el confinamiento. Una cosa muy extraña y también muy personal. Me está costando mucho entrar en el esquema mental que necesito para abordar la última parte. Y estoy deseando terminarlo, porque cuando lo haga empezaré con un proyecto más largo que llevo ya tiempo acariciando, una novela corta de terror rural. Curiosamente fue hace cinco años, exactamente, que se ocurrió esa historia.

Además, en los últimos días de este año he retomado la escritura de un diario. La verdad es que hacía tiempo que le daba vueltas a la idea. Creo que me puede ayudar a superar el último periodo de sequía escritoril que estoy padeciendo, para encontrar la motivación necesaria. Por ahora, estoy contento con los resultados. Va sin frecuencia fija, pero sí constante.

El año también ha dejado unas cuantas lecturas muy interesantes, y algunas películas también. No se trata de glosar aquí lo mejor, ni las obras maestras, ni hacer listas, sino enseñar a quien le interese lo que me ha llamado la atención entre todo ello. Aquí están, con una o dos frases para cada una:

Lecturas:

Helpmeet (Naben Ruthnum. Undertow Publications): un body horror de época, espléndidamente escrito y tremendamente inquietante.

Al faro (Virginia Woolf): Una gozada de principio a fin, inolvidable, sugerente y magistral.

Grotespunk (John Tones, Applehead Teams): Tres relatos que van creciendo hasta desembocar en un desolador new weird levantino en primera persona que no quería que se acabara nunca.

Ghost Story (Peter Straub): Una obra escrita de manera muy consciente desde un momento y un lugar precisos y, sin embargo, muy actual, con varios niveles de lectura, atmosférica, detallista, desbordante y excesiva. Un clasicazo.

On Writing (Stephen King): creo que la descripción de su accidente, en la segunda parte del libro, es lo mejor que King ha escrito nunca.

Ghoul (Brian Keene): ¡menudo descubrimiento la figura y la obra de Keene! Inspirador y motivador.

The Pickwick Papers (Charles Dickens): un viaje a un tiempo, a un lugar y a unos personajes únicos, y con un estilo acojonante.

Occultation (Lair Barron): otra fantástica antología de relatos poblados de personajes atormentados, entidades atávicas y la naturaleza imponente del Pacífico Noroeste en los EE. UU.

Something Wicked This Way Comes (Ray Bradbury): qué decir de la obra maestra de Bradbury que no se haya dicho ya.

The Elementals (Michael McDowell): una novela de terror sureño y mansiones ominosas que deja varias imágenes memorables.

Hell House (Richard Matheson): El Everest de las novelas de casas encantadas.

The October Country (Ray Bradbury): quizá sea mi colección de relatos terroríficos favorita.

Relatos de Conan de Robert E. Howard: voy picoteando entre novela y novela los relatos de Conan de Howard, por orden cronológico. Generalmente los disfruto un montón, salvo cuando se pone a describir batallas, que cómo le gusta alargarse al muchacho. Este año me ha entrado un antojo de hincarle el diente a la fantasía oscura y pensé que esta era una buena forma de dar mis primeros pasos en el subgénero.

Películas

Halloween 4 (El regreso de Michael Myers): como buen purista que soy nunca me habían interesado las secuelas de Halloween más allá de la tercera, pero aquí me ha sorprendido una película notable que hace gala de una gran fotografía y una aproximación estética cercana a La matanza de Texas para renovar la franquicia con muchos aciertos y un final estupendo.

La abuela (Paco Plaza, 2021): creo sinceramente que es una de las grandes películas de terror de la cinematografía española.

Ad Astra (James Gray, 2019): una enormidad de cine de ciencia ficción en todos los aspectos.

Muertos y enterrados (Dan O Bannon, 1981): ¿cómo es que no me había enterado yo antes de esta peli? ¡Es una gozada!

The Howling (Joe Dante, 1981): lo sé, la tenía pendiente y soy lamentable por ello. Ese arranque, con ese montaje, me ha parecido maravilloso.

The Funhouse (Tobe Hooper, 1981): puta obra maestra. ¿La mejor peli sobre ferias después de Freaks?

La matanza de Texas 2 (Tobe Hooper, 1986): más grande, más loca, más bestia, más de todo.

The Gate (Tibor Takács, 1987): una joya sobre la infancia llena de ensoñación y sentido de la maravilla.

The Descent (Neil Marshall, 2005): hay alguna escena que me produjo tanta claustrofobia que llegué a plantearme pararla.

Point Break (Kathryn Bigelow, 1991): qué pedazo de directora y qué pedazo de secuencias de acción que te dan ganas de verlas en bucle todo el rato sin parar durante el resto de tu vida.

De origen desconocido (George P. Cosmatos, 1983), o la peli de la rata: qué montaje y qué bien contada una historia tan aparentemente sencilla, pero rebosante de subtexto.

Night of the Comet (Thom Eberhardt, 1984): peli ochentera apocalíptica llena de estilazo y centros comerciales desiertos, que eso mola siempre mogollón.

No One Gets Out Alive (Santiago Menghini, 2021): ¡por fin me dan miedo unos fantasmas! Y el puto bicho imposible ese del final se merece todos mis aplausos y mil reverencias. Y el edificio es muy agobiante.

Ginger Snaps (John Fawcet, 2000): interesantísima peli de maldición lobuna que marcó un hito por los temas tratados y por su punto de vista.

Titane (Julia Ducournau, 2021): qué cosa más perturbadora, por Dios.

Mandy (Panos Cosmatos, 2018): qué huevos tienes, Panos. ¡Qué huevos!

Dark Night of the Scarecrow (Frank Fe Felitta, 1981): el plano final más inquietante del cine de terror. Aunque el resto de la peli no se queda corto. Una gozada en todos los sentidos.

Wolfen (Michael Wadleigh, 1981): Profética. Hipnótica. Magnética. ¿Qué diablos pasó en 1981?

Por un puñado de dólares (Sergio Leone, 1964): la primera peli de la Trilogía del dólar (que vi en mi más tierna infancia y me impresionó profundamente) no defrauda: frases lapidarias espetadas con el ceño fruncido y malos sudorosos y viperinos.

Otras cosas:

The Dark Word, el podcast de Philip Fracassi con entrevistas a autores y autoras del género en lengua inglesa, me ha encantado. Una pena que no haya renovado más temporadas. Hasta ahora, mi episodio favorito (aún no los he escuchado todos) es el de Alma Katsu sobre la documentación.

Me he marcado la firme resolución de retomar la lectura de comics, que he ido dejando por la sencilla razón de que se me olvida hacerlo (la edad, supongo). He empezado por terminar la serie de Alabaster de Caitlín R. Kiernan, que tenía a medias y me ha en-can-ta-do. Quiero más cosas de Dancy Flammarion así que tendré que zamburllirme en sus novelas y relatos. Por favor, señores dueños de las plataformas, hagan una serie de esto: es una puta pasada.

Siguiendo con las series y con la América profunda, Hap & Leonard (en filmin) es una chulada superrecomendable procedente de las novelas de Joe R. Lansdale.

Archive 81: nadie se acuerda ya de esta serie de terror lovecraftiano de Netflix, adaptación de un gran podcast de ficción. Una lástima, porque, aunque los dos últimos capítulos parecen pertenecer a otra serie distinta, los seis primeros son una absoluta maravilla de terror extraño, soterrado y lleno de sutilidad que incluyen una de las mejores sesiones de espiritismo jamás filmada y que, pese a la decepcionante aparición del monstruo, funcionan todos como un tiro hasta el apoteósico final del sexto episodio en el que se rompe la cuarta pared.

Curb Your Enthusiasm: imposible no partirse de risa con el genio de Larry David. Mis carcajadas se oían desde la calle. Me ha hecho más llevaderos algunos días jodidos, así que tenía que estar aquí. La mejor serie de comedia que yo haya visto.

Primal: es increíble lo bien que funciona una serie de animación sin diálogos sobre un cromañón y un T-Rex haciendo el bestia. Queremos más.

El Gabinete de curiosidades de Guillermo del Toro es un regalo de puro amor al género y deberíamos estar todos agradecidos de que hoy en día se produzcan cosas así. El último episodio, The murmuring, de Jennifer Kent (directora de Babadook), es una obra de arte.

Logia 49: la segunda temporada de esta serie de Jim Gavin sigue el nivelón de escritura de la primera y yo solo quiero quedarme allí a vivir y contagiarme una poca de la ingenuidad de Sean “Dud” Dudley. Que no la renovaran es uno de los grandes fracasos de esta cultura de mierda que estamos construyendo. Déjate de soplapolleces de dragones y baby yodas: una de las mejores series que podrás ver, con gente real con problemas reales y una mirada certera y llena de vitriolo sobre la vergonzosa crisis de 2008 y el cambio de paradigma que esta supuso para la economía y la sociedad (y que, lamentablemente, no parece tener vuelta atrás). Por cierto, la selección musical es acojonante y hay una playlist en Spotify con todos los temas que me tiene enamorado.

Pero puede que en apartado audiovisual la obra que me ha parecido más interesante haya sido el ciclo de vídeos sobre The Backrooms de Kane Pixels que descubrí gracias a un tweet del autor Francisco Jota Pérez. La factura es impecable, son puro terror liminal y un pedazo de idea que llega a abrazar lo inquietante como pocas veces yo he visto.

Terminamos el año con algo que venía queriendo hacer desde hace tiempo: ver la serie clásica de Ghost Stories for Christmas de la BBC combinando cada episodio con la lectura del relato en el que se basan. Está siendo una experiencia muy disfrutona, no solo por el descubrimiento de la prosa de Montague Rhodes James, de quien no creo haber leído nada antes, o los episodios de la serie, que son fantásticos (y cada uno mejor que el anterior, salvo por el primero que es un Puta Obra Maestra), sino sobre todo por la expectación previa que cada lectura me genera: primero me leo el relato, normalmente la noche del día de antes, y al día siguiente veo el episodio correspondiente; pues bien, me he dado cuenta de que una de las cosas que más disfruto es la expectación acerca de cómo será adaptado el relato a la pantalla. Me hace imaginar y repensar el relato, y después me hace fijarme en las decisiones tomadas en la adaptación, los cambios introducidos, las actuaciones, los personajes, cómo se construye la narrativa… Aunque los primeros episodios son bastante literales, a medida que avanza la serie los guiones se van haciendo más complejos, añadiendo capas (motivaciones, personajes secundarios, etc.) en un trabajo de adaptación de una calidad enorme y que me parece digno de estudio y muy inspirador.

Pues eso es todo. Así ha transcurrido este año veleidoso. Al fin y al cabo, podría haber sido peor, ¿verdad? Vamos a por otro. ¡Feliz año nuevo, gente!

Os dejo con una foto de la nueva y flamante librería que hemos montado en el salón de nuestro nuevo hogar.