BK

Pasó la tarjeta por el cerrojo y la puerta se abrió con un lengüetazo. Todas lo hacían. Beka tenía acceso a todas ellas, sin restricciones. Entró en la habitación en silencio. Frente a él, la calle vomitaba su luz rosada por un ventanal, la ciudad apestando estruendosamente.

          Echó un vistazo a la habitación. Los Otros ya habían estado allí. Por lo menos habían tenido la decencia de dejar el cuerpo de la víctima sobre la cama. Boca abajo. Desnuda. Abierta. El arma homicida a su lado, aún caliente, del calibre 45, con una marca en el cañón. “BK”.

          “No puede ser. Aún es pronto para eso”, pensó. La soltó con desprecio. Miró alrededor. píldoras, unidosis, alcohol de contrabando. Bonita fiesta. La chica llevaba puesto un visor sobre los ojos. Beka rastreó su historial. Estimulación de abstracción autoinducida. Seguramente una meca. Quizá una hibridación. Otro caso de mierda.

          –¿BK?

          Beka dio un respingo. Sacó su arma y apuntó hacia el rincón a oscuras del que provenía aquella voz. Femenina. Conocida.

          –BK, ¿eres tú?

          Se acercó despacio, sin dejar de apuntar. Escrutaba las sombras, sin éxito.

          –Has tardado. Han venido antes que tú y ya se han ido.

          El rincón estaba vacío. Beka era incapaz de localizar el origen de aquella voz. Parecía llegar de todas partes y ninguna al mismo tiempo. Parecía estar dentro de su puta cabeza. Miró alrededor, fuera de sí.

          –Me han hecho todas las pruebas. Me han tocado, BK. Me han abierto. Me han expuesto. Ya no queda nada nada dentro de mí.

          La boca de la chica se movía. Joder, el puto meca se movía. ¿Estaba activa todavía?

          –No te hagas el sorprendido, BK. Sabías que iba a pasar. Más pronto o más tarde.

          –¡Cállate! –Beka se llevó las manos a las sienes. La voz parecía corretear por su cerebro, jugando al escondite.

          –Acércate, capitán.

          BK la miró, sorprendido. “Capitán”. Hacía años que no le llamaban así.

          –¿De dónde coño has sacado eso?

          –Venga, acércate, capitán.

          Beka se arrastró hasta la cama. Botellas vacías tintinearon a sus pies. Fuera, la ciudad mugrienta rugía, rosada y furiosa.

          –¿Quién coño eres tú? –preguntó con rabia.

          –Nadie. Todos. Soy todo lo que tú eres. Todo somos tú. Despierta, Beka –la voz de la meca era suave, incitadora–. Vamos mejorando.

          Beka apuntó y disparó a su cara sin contemplaciones. Una detonación de encéfalo salpicó las paredes. Pedazos de cerebro rosado salpicaron sus manos. Brillante. Orgánico.

          –Mierda.

          Aquella hibridación estaba conectada. La habitación misma estaba conectada. Cogió el arma de la cama, ensangrentado, y comprobó de nuevo la inscripción. “BK”.

          Sirenas distantes. Beka reaccionó y salió corriendo por la puerta. Tomó las escaleras, atropellando los escalones, conquistando cada planta como un caballo desbocado, las diferentes facciones recorriendo su cerebro en diapositivas enloquecidas: los hibridistas, los chinos, los rusos (que ya ni siquiera eran rusos), los mecas, los biomecas, los transgen, los hackers, los metacon... Todos conectados, con acceso permanente, moldeando la información y la realidad. La consciencia ya no era más que una pulpa informe de manipulación.

          Las paredes se retorcían gruñendo detrás de él. Llegó a la puerta. La derribó de una patada. Saltó afuera, a la ciudad regurgitada, pero sólo encontró el vacío. Una oscuridad densa e informe, agitándose violentamente alrededor suyo. Vibrando. Retumbando.

          “Desconexión”, pensó, justo antes de morir.