El sueño del Fierocanto

-¡Viento de Fierocanto!

Apenas audible bajo el bramido del gigante, el grito de Bonifaciagus vino acompañado de sus habituales exclamaciones:

–¡Marismas! ¡Codismos y barbarismos! ¡Rápido, niñas! ¡Tenemos que salir de aquí picando zaracuetas!

Aquel bramido se había desatado en el preciso instante en que Irene le había arrebatado de las manazas al Fierocanto, que parecía estar plácidamente dormido, el cofre dorado. De un ágil salto la niña bajó de su tremenda barriga y el gigante soltó un gemido que se convirtió en quejido, que se convirtió en berrido, que se convirtió en alarido y que, recién llegado a bramido, parecía avanzar sin complejos a la condición de rugido. Pese a todo ello, el Fierocanto mantenía los ojos fuertemente cerrados, como si para él solo se tratara de una incómoda pesadilla.

–¡Cielos! ¡Camicias! ¡Esculapios!

Bonifaciagus seguía soltando imprecaciones que ya nadie podía escuchar, salvo él mismo, que parecía bastante concentrado en inventarlas.

La fuerza del viento aumentaba por momentos, desbaratando al completo la celebración. Los enanos de la banda de música ya no podían sujetar sus instrumentos, y el más gordo se infló como un globo al recibir el golpe de viento con el pabellón de su tuba, para acto seguido irse flotando henchido de perplejidad por uno de los túneles, sin que ninguno de sus compañeros pudieran hacer nada por él; por añadidura, su buen amigo el tambor no podía evitar descuajeringarse ante semejante diatriba, desatendiendo su instrumento, que se le escapó volando. Al darse la vuelta para intentar alcanzarlo, él también salió disparado, impulsado por un azote de aquel formidable viento en su no menos formidable trasero. Le siguieron, sin dilación, sus restantes compañeros.

Las viudas jadeaban inmersas en una mezcla de indignación y desconcierto, incapaces de sujetar los carísimos peluchos que cubrían sus pobres vestimentas: estos habitualmente tranquilos animales se encontraban enormemente excitados por el vendaval, e intentaban escabullirse mordisqueando a las viudas por doquier, lo que a la postre conseguían, y terminaban volando contentos alrededor de la estancia, abriendo sus diminutas patas y extendiendo sus membranas a la vez que esquivaban toda suerte de objetos que habían emprendido la misma peripecia.

Las mesas para la extinta celebración habían quedado vacías. Copas, platos, emparedados, pedazos de tarta, botellas, garrafas, candelabros, flores, cucharas y juegos de té giraban en atrevido desorden y se iban introduciendo a capricho por los túneles que conducían a aquella gran sala, como animados por una intención  irreverente y perversa.

El Fierocanto no callaba, y una vez instalado en el rugido iba camino de alcanzar el clamor de cien mil tormentas. Bonifaciagus, incapaz ya de escucharse a sí mismo, había desistido de hilar nuevos juramentos, y movía los labios mecánicamente, mientras concentraba todas sus habilidades en avanzar, centímetro a centímetro, en contra del huracán hacia el gigante, con la aparente intención de despertarlo. Sujetaba de su mano izquierda a Laura y ésta de su mano izquierda a Irene, y mientras Laura flotaba aterrada, incapaz de pensar siquiera, Irene se tronchaba de risa y luchaba contra la garra de su hermana para irse volando tras los peluchos mientras gritaba no se sabe qué.

Finalmente llegó un punto en que el enano Bonifaciagus no avanza ni un sólo milímetro, sus pies resbalando sobre el suelo de la caverna incapaces de ejercer presión alguna. Bonifaciagus, exhausto, hizo un último y desesperado esfuerzo por alcanzar de un salto los pies del Fierocanto, que no se encontraban muy lejos. Su expresión tornó a sorpresa cuando se dio cuenta de que en vez de estar cayendo sobre aquel dedo, gordo como un tonel, flotaba arrastrado por el aliento del gigante (que, todo hay que decirlo, no olía nada bien). Laura soltó un grito tan espantado que logró elevarse por encima de aquel tornado, mientras se veía ya absorbida sin remedio por alguno de esos siniestros túneles. Se soltó de Bonifaciagus y agitó sus brazos en ademán de pánico absoluto, con tanta suerte que su mano derecha fue toparse con una raíz que brotaba de la pared, a la que se agarró instintivamente. A Irene todas aquellas agitaciones la tenían sumergida en un disfrute absoluto.

Bonifaciagus se elevó volando y se fue, con gesto incrédulo, por un diminuto agujero que había justo en el centro del techo, semejante a un sumidero invertido, sin tener tiempo de despedirse siquiera.

En ese preciso instante, el Fierocanto calló. Cerró su inmensa bocaza con una sonrisa de satisfacción, recobró el aliento, y se tiró un eructo tremendo que hizo temblar las paredes de la cueva. Laura e Irene, ya en el suelo, se escondieron detrás de un saliente junto a la raíz. Laura se dio cuenta de que el gigante sostenía entre sus manos otro cofre, idéntico al que había robado su hermana pequeña. Miró a Irene para asegurarse: la niña aún sujetaba con fuerza su cofre contra el pecho.

Retrocedieron de puntillas una tras la otra y pegadas a la pared hasta el primer túnel que encontraron. Había quedado todo en silencio, salvo por la profunda respiración del Fierocanto, que seguía plácidamente dormido. La cueva había quedado vacía. Las paredes desnudas. Laura volvió su mirada al túnel. Reflexionó un momento, inquieta por haber perdido a su buen guía Bonifaciagus. Su hermana la miró expectante, y Laura se recompuso, cogió su mano y las dos se internaron despacio por la galería, sobrecogidas tras haber presenciado otra de las maravillas de aquel extraño mundo subterráneo, estremecidas por las sugerencias ocultas tras aquel estruendoso viento.