El Refugio

El chaval estaba sano y robusto, listo para salir. La gran Helga lo había examinado concienzudamente mientras recordaba su paso por el refugio. Lo habían traído sus padres una noche, desesperados. Como tantos otros. El chico había sido difícil, se resistía. Pero había ganado presencia, aunque temblara de frío al quedarse en ropa interior. Helga lamentaba no poder permitirse otros gastos aparte del gran horno de la cocina, cuyo ronroneo podía escuchar desde allí. Se relamía secretamente pensando en la guarnición. Poner en marcha aquel orfanato había sido muy duro. Tanto que llegó a dudar de su éxito. Sin embargo ahora solía trabajar maquinalmente, absorta en sus pensamientos. El niño le dijo algo. La gran Helga le tomó suavemente de la cabeza y sonrió, satisfecha. Aquel muchacho era tan tierno. En momentos como ése le embargaba un gozo sereno. El orgullo del trabajo bien hecho. Volvió a pensar que ese muchacho nunca fue fácil. Se resistía. De su ensimismamiento la despertó el chasquido de la nuca del niño al romperse por fin entre sus manos.

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