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Grossa Macchina di Stregoneria

Una nave invisible de brujería sobrevuela las aldeas de la Italia renacentista

Los brujos que la habitan mantienen con sus conjuros la Macchina en un vuelo invisible a la búsqueda perpetua de demonios, aquelarres o herejes que atraer a su causa. 

Esta es la historia de la Gran Máquina de Brujería y de sus habitantes, sus sacrilegios y depravaciones. No pretendais juzgarlos.

 
 
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1. La caccia

         A Petirosso le sorprendió encontrarse a solas en el preciso momento de cazar al hombre. La bruja le había acompañado durante todo el trayecto, pero cuando llegó al límite del bosque había desaparecido.

         El leñador se acercó con curiosidad. Había vislumbrado al muchacho entre los arbustos mientras faenaba.

–Chico, ¿qué haces aquí?

         El chico callaba y miraba en torno suyo. Amanecía, y los rayos de sol se encendían en su pelo. Parecía asustado.

–No te conozco. No eres de por aquí ¿verdad?

         El niño lo miró intensamente. Al leñador le vino entonces una idea.

–Te has fugado ¿verdad?

         No sería la primera vez. Los aldeanos más piadosos consideraban el pelo rojo como signo del Diablo. El niño se encogió, abrazando las piernas.

–¿De dónde vienes?

         El muchacho seguía callado, observando al leñador, que no tenía claro cómo interpretar su silencio; hubiera esperado que llorara, o un gemido por lo menos.

–Mi… hermana –susurró Petirosso.

–¿Cómo? –el leñador no lo había entendido y se acercó.

–Mi hermanita...–Petirosso vaciló, señalando hacia el bosque, detrás de él.

–¿Tu hermana? ¿Está allí? ¿Le pasa algo? –el leñador entornó los ojos hacia la dirección que le indicaba. Se rasgó la barba y luego miró hacia atrás, considerando si volver a su cabaña.

–Está… herida… ¡Ayuda! –Petirosso se levantó con gesto de alarma, y le tomó de la mano.

–De acuerdo, de acuerdo… –el leñador se dejó llevar– ¿Dónde está? ¿Está muy mal? ¡Vamos, muchacho!

–Allí, en un claro.

–¿Qué la ha pasado? –iban corriendo entre los matorrales del bosque, pero Petirosso paró en seco y se dio la vuelta, sorprendiendo al leñador mientras le clavaba la daga de cristal en una pierna. El leñador miró el arma sumido en sorpresa y pánico. Cuando intentó gritar ya era tarde: el frío le atenazó la garganta y cayó al suelo paralizado.

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         Mientras arrastraban su cuerpo rígido por el bosque, la bruja Ilsa, que entró en escena justo después, se quejaba amargamente en una interminable perorata.

–Otra vez haciendo de recadera... Petirosso, pequeño, prepárate pues esto es lo que te espera. Años de servicio para la Macchina y me siguen tratando como una carretillera... ¡Puag! ¡Escupo sobre sus túnicas podridas! Maldita sea mi suerte...

         Y así durante un buen rato. Vomitaba con rabia las palabras, y su pelo rizado y rubio le temblaba sobre el rostro torcido. Cuando se cansó del estúpido monólogo, cambió de tono automáticamente.

–¿Sabes? He oído que ese hechizo los paraliza, pero los mantiene despiertos. Lo ven todo, lo oyen todo y lo sienten todo, pero no pueden quejarse, ni escapar.

         Petirosso echó la vista atrás al cuerpo del leñador, que arrastraban sobre unas ramas de pino improvisadas. Tenía los brazos encogidos y las manos encrespadas. Los ojos abiertos y fijos mirando al cielo. Inexpresivos.

–Imagínate, estar encerrado en ese cuerpo paralizado, sin poder moverse. ¡Sometido a nuestro antojo! ¡Qué tortura tan exquisita la procurada por sus propios pensamientos!

–¿Cómo?

–¡Buf! –a la bruja Ilsa le gustaba hacer escarnio de la ignorancia del chico– No puede moverse, pero puede pensar, Petirosso. Y ¿qué crees que estará pensando?

         Petirosso miró de nuevo al leñador, pero no pudo entrever ninguna expresión. Imaginó que era una estatua.

–No lo sé –se encogió de hombros.

–Estará aterrado por su situación y se imaginará toda las tropelías que podríamos hacerle.

         Ilsa se paró en seco para troncharse con graznidos entrecortados, que bien podrían ser los crujidos de su cuerpo al contorsionarse, las manos en la barriga tirando de su túnica gris, raída y sucia.

–Y, créeme ¡la mente de estos paletos no da para tanto! –farfulló entre sus risotadas– No tendrás prisa ¿no? –y volvió a crujir.

–¡Ssssh! –Petirosso intentó callarla mientras miraba alrededor– ¡Ilsa, vámonos!

         La bruja se calló en seco y continuó su camino con rostro amargo, olisqueando el aire a su alrededor.

–Sea como fuere, no será peor que lo que tenemos reservado para él en la Macchina.

         El muchacho tiró del cuerpo de nuevo. Iba conociendo ya a la bruja, y se inclinaba a pensar que lo decía para aumentar el pánico del pobre leñador, del que parecía disfrutar a bocanadas.

         A Ilsa Zeva se le daba bien husmear. Enseguida llegaron al lugar en el que el aire apestaba a azufre y se agitaba en una brisa circular cada vez más densa. Al acceder a su vórtice fueron absorbidos por la Macchina.

 
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